miércoles, 21 de octubre de 2009

Breve descarga de un emigrado


Desde el Sábado estoy en Buenos Aires, una ciudad preciosa, que me gusta y que no deja de sorprenderme, tanto como me sorprende este país llamado Argentina que se reinventa y se reinventa. Estoy participando en el Congreso Forestal Mundial 2009, donde presento parte de mis resultados de trabajo obtenidos en mis ya cinco años de trabajo en Chile. Pero no es de trabajo o de Ciencia que voy a hablar, eso es tema para otro post o mejor: Para otro Blog.
Este viaje a Buenos Aires me ha permitido reunirme con Zurima, una tremenda amiga que no veía desde hace muchos años, cuando ambos nos convertimos en lo que somos hoy: Desertores, quedaos o como quiera que se nos quiera llamar en Cuba. Con Zurima, cobijados en la tranquilidad de un Restaurant parrillada, tradicional copioso y generoso de esta ciudad, conversábamos y recordábamos nuestras historias y todo por lo que hemos tenido que pasar para estar definitivamente aquí disfrutando de la libertad de hacer con nuestras vidas lo que se nos de la gana. Quiero contar la historia que me hizo emigrar de Cuba, pues puede ser muy parecida a la de tantos otros cubanos y ahí les va.
Hacía unos tres años me había marchado de mi primer trabajo al que le había dedicado mucho de mi vida, de mi juventud y de mis fuerzas. Era un recién graduado Ingeniero Agrónomo de la Universidad de Ciego de Ávila y por mi forma de pensar, por decir lo que creía correcto decir, por tener “problemas ideológicos”, tuve que renunciar a mi puesto de Técnico A de laboratorio en el Centro de Ingeniería Genética de Camagüey. Después de ese momento, de ese día en el que tuve que dejar muchos de mis resultados y de gran parte de mi futuro a un lado, todo se había roto en mí. Se acabó la confianza y también la esperanza. No fui nunca más el mismo. Estaba trabajando en la Estación Forestal del Instituto de Investigaciones Forestales de Camagüey, donde había encontrado excelentes colegas de trabajo, amigos y un espacio para crear y aprender cosas nuevas. Pero como toda Unidad de Ciencia y Técnica del MINAG, nuestra estación tenía que hacer malabares para hacer Ciencia y difundir sus resultados.
El momento exacto en que decidí irme de Cuba lo recuerdo perfectamente. Ya había estado en Chile haciendo parte de mis estudios de Postdoctorado y conocía el rostro oculto para los cubanos de una sociedad libre e institucionalizada como la chilena, por tanto ya no se me podía hacer cuentos ni historias.
Ese día culminante iba con mi hija en mi bicicleta, ya tarde después de haberla recogido en su círculo infantil. Era un 24 de Febrero, con todas las implicaciones que eso tiene para cualquier familia en Cuba, se había ido la corriente en casi todo Camagüey y solo traía cuarenta quilos en el bolsillo (me gusta decirle quilos a los centavos, como aun lo hace mi familia), pues mi salario de investigador en una Estación Experimental del MINAG en Cuba era exiguo, como el salario de todos los cubanos.
Pues mi bicicleta, esa amiga inseparable que aun mi familia conserva en Cuba, se ponchó. Como el ponche costaba dos pesos tuve que emprender camino a pie, con mi hija en su asientito delantero. En el camino pasamos por una dulcería de un esforzado "cuentapropista" y mi hija me pidió un mantecadito ("polvorón o tortica", en dependencia del lugar de Cuba donde se coma) de a peso. No la pude complacer y por esa vez se quedó callada, no sé si porque entendería con sus cinco añitos o por resignación.
Unas cuadras más adelante había otro puesto que vendía cremitas de leche, muy típicas de mi Camagüey. Otra vez, Paulita me pidió que le comprara una y otra vez tuve que decirle que no podía. Ella, que tanta paciencia había tenido, parece que preocupada o curiosa se viró hacia mí en su asientito y me dijo: "Papá por qué si tú trabajas tanto nunca tienes dinero".
Nunca más olvidaré esas palabras por una simple razón: Paula tenía toda la razón. Sus cinco años eran suficientes para hacer ese análisis y darme la claridad para decidir el único camino posible. Buscar el bienestar de mi familia lejos de la tierra que me vio nacer.
Hoy mis hijos están en Cuba, los tengo que ver dos veces al año y no los puedo traer aún conmigo. Trabajo y vivo por ellos. En estos cinco años he sufrido la distancia, aunque probablemente menos que ellos, pero sé que la decisión ha sido la correcta: Por su presente y por su futuro. Una amiga me decía hace mucho que Pipo, Paula y Roly -mis tres hijos- están pagando un alto precio por ese mantecadito. Pero no, no es solo eso. Es el precio de la libertad, del futuro y de las oportunidades.
Sin embargo, es un precio injusto. Es un precio que muchos cubanos hemos tenido que sufrir y los responsables nunca podrán pagarlo. Es absolutamente abusivo que se nos separe de nuestras familias por el simple hecho de decidir vivir y trabajar fuera de nuestro país. Sé que mis hijos y los hijos de muchos como yo, nos entenderán pero no nos perdonarán pues no hay nada que perdonar, como me dijo Pipo el día que conversé con él sobre este tema. Pero a quien nunca perdonarán nuestros hijos será a los responsables de semejante aberración.

En la foto: Mi hermana con Ale y Pepe, mis sobrinos y Paula y Roly, mi hijos, al fondo de la foto.

3 comentarios:

hugo.pino dijo...

Esa historia ya la e escuchado y cada vez que lo hago le doy la razon a la decisión que tomaste, siceramente yo no se si una persona sin el temple que tu tienes lo hubiera hecho, creo que hay que ser Rolando Garcia para hacerlo.
Amigo mio el día de que esas penas de no tener a tus hijos cerca se estan acabando, la alegría y el tiempo de ser feliz esta a la vuelta de la esquina, la vida ya tu sabes que tiene altos y bajos y todo indica que la curva esta subiendo y ojala se quede arriba por mucho tiempo.
Un abrazo y nos vemos pronto

Malcriada dijo...

Chama

Gracias por indicarme este tu sitio.Muy buena esta idea que además de alumbrarnos desde fuera, te da una excelente via para decir lo que piensas.Todavia no tienes a Paula y a Roly2 contigo pero los vas a tener y la decisión que tomaste va a tener sentido el doble de lo que crees.Otros que no tenemos hijos tenemos nuestras historias que no por diferentes dejan de tener puntos comunes contigo.Un beso.

Unknown dijo...

me toca muy de cerca tus comentarios, pero como siempre te digo...no hay dificultad que suficiente amor no conquiste